RUFUS

griffon korthals

Decía Anatole France que hasta que no hayas amado a un animal, parte de tu alma estará dormida, sin embargo tendemos a pensar que la amistad es una cualidad conceptualmente ajena al resto de los animales incluidas las mascotas con las que convivimos y que a diario se empeñan en demostrarnos lo contrario.

Tampoco estoy de acuerdo con esa posición especista y antropocéntrica derivada de una perspectiva judeocristiana relacionada con el Génesis (“Hagamos al hombre conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastre sobre ella”), exégesis que una vez instalada en nuestro imaginario colectivo ni los ateos conseguimos quitarnos de encima.

Cada día me cruzo por el barrio con canes que unos más efusivos que otros, todos me saludan aunque apenas hayamos intercambiado un par de caricias o palabras cariñosas alguna vez. En los labradores atisbo una mueca, como una sonrisa, en el bóxer una gran algarabía, otros simplemente agitan la cola y aquellos con los que la amistad alcanzó una mayor dimensión, me lamen la mano tan pronto la extiendo, luego prosiguen su camino junto al amo demostrando con ello que a pesar de la educación, a quien deben lealtad es a él. Si a esto no se le puede considerar amistad y empatía, como lo denominaremos. Me declaro a favor del concepto “humanismo animalista” y a contrapelo de la creencia popular de que cualquier vida humana por el hecho de serlo, siempre y sin excepciones tenga precedencia sobre cualquiera otra forma de vida.

Ya pensaba así antes de conocer a “Rufus” la Grifón Korthal que en este momento me clava sus hermosos ojos marrones desde el asiento trasero del coche intentando averiguar mis intenciones. Creo que después de tantas emociones, presiente un futuro incierto y aunque nos hemos entendido bastante bien desde el primer momento, la siento inquieta. A lo mejor me escuchó decir que la iba a rebautizar para asignarla otro nombre más acorde con su cualidad femenina y se andará preguntando cuantos más cambios tendrá que soportar a partir de ahora que se dispone a descubrir una nueva vida, una nueva casa a la que adaptarse, nuevas relaciones que se verá obligada a establecer y sobre todo estará intentando comprender por qué viaja en este coche con alguien que no es su amo, si ella ya tiene uno, así que me deberé esforzar para demostrar que también yo puedo ser un buen amo, si ella me da tiempo y la oportunidad de intentarlo.

Hace días recibí una escueta y dolorosa carta firmada por un procurador que se dirigía a mi como albacea designado por mi padre en su testamento. Me facilitaba su dirección y rogaba me pusiera en contacto lo antes posible porque le urgía cerrar el expediente.

A pesar de la asepsia, el texto desprendía un apremio que me desconcertaba por desconocer que hubiera obligaciones o vencimientos de carácter urgente que atender. Días atrás se había escenificado su cremación, mi hermana y mi cuñado se encargaron de todo. Su muerte ni fue casual ni inesperada, al menos para mi porque mi hermana no lo entendía así. Ella, prefería pensar que pudo tratarse de un accidente derivado de la depresión o la soledad. No sé cómo transcurría realmente la relación entre ellos, siempre creí que se entendería con ella mejor que conmigo a pesar de que mi padre y yo, aun no haciéndolo tanto, cuando hablábamos evitábamos todo tipo de banalidades, siempre íbamos al grano y por ello también discutíamos con frecuencia pues ya se sabe lo poco que nos gusta escuchar lo que se piensa de nosotros aunque presumamos de lo contrario y tanto él como yo éramos parcos en palabras, incluso bruscos.

Si la muerte lo hubiera visitado en su cama, rodeado de los suyos y no como lo hizo, de manera clandestina y programada aunque la fecha y la hora solo la supiera él, podría haberle dicho cuanto sentía haber dado pie a tantas discusiones y reproches inútiles. Que lo quería y me sentía orgulloso de él. Los humanos sobre todo cuando nos unen lazos de afecto, deberíamos afrontar las situaciones en cada momento sin dejarnos llevar por la procrastinación, de ese modo probablemente tendríamos menos de lo que arrepentirnos.

Se consideraba un ácrata, para él la muerte era una liberación, la puerta tras la que abandonar el sufrimiento y el dolor. Me aconsejaba que cuando todo se pusiera jodido hasta el punto de no poderlo soportar, me quitara del medio sin hacer ruido y me fuera, pero si decidía quedarme y jugar al jodido poker de la vida, que asumiera las consecuencias, apretara los dientes y tirara para adelante sin lamentaciones. Ese tipo de manifestaciones era lo que solía disparar algunas de nuestras discusiones. Esa es una forma de desertar, le reprochaba yo, y él apostillaba que la deserción no es un pecado sino una virtud que solo pertenece al que deserta, dando con ello por acabada la discusión y dejándome con un palmo de narices.

Decidió su muerte con mucha antelación, tenía como referente al librepensador Paul Lafarge que se suicidó a los 69 años junto a su esposa para evitar adentrarse en la decrepitud. Había llegado a la conclusión de que tampoco él esperaría a que los años y la enfermedad respiratoria lenta pero potencialmente letal que lo aquejaba, una dolencia similar a la silicosis aunque en su caso producida por el serrín que inhaló a lo largo de toda una vida trabajando la madera sin extractores y sin precauciones de ningún tipo, derivara hacia un cáncer o lo deteriorara indefectiblemente.

Ni siquiera el galpón anexo a la casa que ahora heredaríamos para convertirlo en túmulo y donde trabajó hasta el último momento haciendo chapuzas para los amigos y vecinos sin que le importara lo más mínimo que sus pulmones se emponzoñaran aún más de lo que estaban, contaba con una ventilación apropiada, negándose incluso a usar mascarillas porque lo agobiaban. Era su vida y tenía claro que ni siquiera sus hijos le iban a decir como hacer las cosas.

Lo incineramos sin ceremonia religiosa, sin nichos, epitafios, ni monsergas, como el deseaba y en la más absoluta intimidad, porque prefería irse como había vivido, volando bajo, pasando desapercibido y aún así, mi hermana quiere convertir la casa taller donde vivió hasta el final, donde fue encontrado su cuerpo yacente y donde también reposarán sus cenizas, en un cenotafio con placa incluida y fijada al muro que mejor se ve desde la carretera, una placa en la que figure su nombre, la fecha de nacimiento y la de su muerte. Está convencida de que se lo debemos y de poco parece vaya a servir que la recuerde que él difícilmente lo aprobaría.

Cinco meses atrás había recibido una carta de mi padre que provocó una nueva disputa entre los dos, la última que tuvimos oportunidad de mantener y de la que también me arrepiento.

Me decía en ella, que estaba llegando el momento de la verdad. Los médicos lo habían derivado hacia un programa de respiración no invasiva y habían dispuesto que durmiera con una máquina neumática que cada noche llenara de aire sus pulmones a través de un tubo que desemboca en una máscara que se acoplaba a la cara para recibir la dosis de oxigenación necesaria y evitar así que el anhídrido carbónico superase en sangre, índices que perjudicaran su salud y que ya se manifestaban en forma de fuertes y continuos dolores de cabeza y lo peor era que lo habían advertido de que más adelante tendrían que ir viendo otras medidas y no estaba seguro de querer someterse a ellas.

Siempre había defendido una sanidad pública de calidad que dispusiera de todos los adelantos médicos y tecnológicos para cuando la gente lo necesitara pero nunca se planteó que él fuera a ser uno de esos destinatarios. Me aseguraba que no se convertiría en diana de todos los parches que a los médicos se les ocurriera para mantenerlo vivo y recordando a Lafarge afirmaba que setenta años es una edad prudencial para irse de este mundo, es la hora de la muerte.

Como no podía continuar leyendo, arrugué el papel y lo llamé. Le recordé que lo de Lafarge era una historia antigua que apestaba, que las cosas cambian y setenta años de antes no son los de ahora, que precisamente vivimos más tiempo gracias a esos parches que tanto lo desagradaban. Que con su actitud conseguía que tanto su hija como yo nos sintiéramos mal, como si colaboráramos en un senicidio.

Me desahogué y le dije de todo, que quien se creía él para rechazar los tratamientos y truncar el camino de la historia o que pensaba que éramos los demás. A lo mejor no eramos anarquistas, ni rojos ni todo eso de lo que alardeaba como panacea que le daba licencia para imponer su manera de entender la vida. Le hice saber que aunque probablemente no pudiéramos conseguir que cambiara de idea, no por eso estábamos de acuerdo y que debería pensar un poco más en ese nieto que le tenía comido el coco y al que tendríamos que responder cuando preguntara donde estaba le abuelo y por qué no venía a buscarlo para ir al parque.

Guardó un prolongado silencio para terminar por darme la razón en parte. Dijo que si en lugar de haberme cabreado, hubiera seguido leyendo, comprendería que no escribió la carta con la intención de agobiarme, que lo había hecho porque con nadie más se podía desahogar, estaba cansado y creía no poder dilatar más la situación, se estaba acercando el fin y por ello debía informar sobre como lo dejaba todo porque, aunque no había mucho que repartir, había firmado un testamento ante notario dejando la casa en la que vivía y el amplio terreno con frutales que la rodea y en la siempre me encontré tan a gusto, para mi y el piso grande en la ciudad para mi hermana puesto que ya vivía en él.

Solo quería saber si yo estaba conforme porque cada vez que intentaba hablar con mi hermana, esta se echaba a llorar, decía que era igual que su madre, que nunca consiguió convencer a ninguna de las dos de nada. Y necesitaba saber si estaba de acuerdo porque no quería ser injusto y prefería mal vender y repartir el dinero a partes iguales antes de que nos enfrentáramos cuando él ya no estuviera.

Mis padres no se parecían en nada. Se enfrentaron a una vida en común con premisas que irremediablemente abocaban al fracaso. Él no era mujeriego ni parrandero, de hecho carecía de amigos, su vida se centraba en el trabajo, leer, comer y dormir por lo que solo buscaba una mujer con la que satisfacer sus apetencias sexuales y que cuidara de sus hijos caso de tenerlos, habiendo visto en mi madre a la candidata perfecta. Pero mi madre no era una mujer carente de expectativas que fueran más allá de formar una familia, de hecho era ambiciosa y en mi padre vio dos cosas que para ella fueron suficientes en aquel momento, la pasarela por la que salir de una casa en la que tenía asignado un rol de criada para todo al servicio de padres y hermanos que la habían sumido en el hartazgo más absoluto. Pero también vio en él la manera de alcanzar una posición social más elevada porque mi padre heredaría a la muerte del abuelo su taller y con ello se convertiría en empresario.

Mas tarde se quejó de su triste destino por encontrar en el matrimonio una continuación a su vida anterior con el único cambio de ocuparse de aquel hombre con el que se casó sin amor y de los dos hijos que nacieron pero ni económicamente prosperaron, ni aquella vida le aportó aliciente alguno más allá de la satisfacción de ver crecer a unos hijos que a ella se le antojaban modélicos. Mi padre no fue un empresario al uso, más bien nunca dejó de ser obrero, su única preocupación pasaba por pagar al día las facturas y alimentar dignamente a su familia, el resto se la traía al pairo. A todos los lados acudía andando y en transporte público, o como mucho en una destartalada bicicleta con cuadro de mujer. El viaje de novios lo hicieron en tren y a una localidad próxima, para terminar pernoctando en una pensión y acudir al tajo el siguiente día.

Mi padre no la entendía, decía que había alcanzado un punto de locura porque en aquella casa nunca faltó lo necesario mientras otras familias soportaban penurias y en parte era verdad porque locura es hacer siempre lo mismo esperando que como por arte de magia, un día algo cambie, pero los días transcurrían iguales uno detrás de otro, mientras contemplaba con desaliento como algunas vecinas, casadas con oficinistas, obreros de las fábricas o funcionarios de correos viajaban en su propio vehículo de un lado para otro mientras ella no lo pudo hacer hasta que sus hijos fueron mayores y tuvieron coche.

Interrumpí con brusquedad el monólogo en el que se había convertido la conversación haciéndole saber que jamás me enemistaría con mi hermana por dinero, ni siquiera discutiría con ella, que no quería nada y que recordara lo que siempre nos dijo, que las herencias no deberían existir porque todos los hombres deberíamos nacer en igualdad de condiciones, con las mismas oportunidades.

Enmudeció y las últimas palabras las dijo tan bajo que supuse estaba a punto de llorar y a lo mejor era así porque tampoco yo podía articular palabra como consecuencia de las lágrimas que luchaban por salir e igualmente me impedían respirar con normalidad. Y así, bajo ese halo de tristeza dimos por acabada nuestra última conversación.

Después de colgar, me quedé pensando en sus consejos y en las comederas de coco a las que me sometió de niño, en especial desde que me amputaron la pierna. No has de sentirte malhadado –me repetía una y otra vez–, lo que te ha ocurrido es una de tantas sorpresas que nos reserva el azar, no te abandones ni confíes en un numen que te aleje de la sinrazón en la que te sumieron los hechos porque no existe. Tampoco esperes protección o recompensa dentro de nuestra familia porque cada cual pertenece a la fratria que le tocó en la estúpida ruleta de la vida y la nuestra es pequeña y pobre y ten muy en cuenta, que no hay más dios que el azar ni más religión que la suerte. La vida es como un espacio lleno de gente a la espera de oportunidades que no llegan salvo en muy contadas ocasiones que la mayor parte de las veces deja pasar por falta de acierto o por no contar con apoyos suficientes para aprovecharlas. Imagina que un avión lanzara a su paso un montón de billetes de todos los tamaños, algunos, los más hábiles y rápidos, recogerán una buena cantidad y si tienen la suerte a favor, también de mayor tamaño, otros con peor disposición, preparación o agilidad recogerán una cantidad frustrante y los tullidos como tú no pillarán nada, así ha sido siempre y así será en el futuro si las cosas no cambian que me temo que no lo harán.

Parecía que intentaba darme su propia versión del principio de competitividad. Luego terminaba remachando con otra proclama, pero no te vayas a compadecer por ello, ni pretendas derivar culpas al destino como hacen los ignorantes, piensa que la principal causa de la desdicha no es el infortunio en sí, sino la manera en como cada uno lo afrontamos. Aquella locuacidad procedía de las citas que extraía de libros escritos por pensadores de izquierdas cuyas lecturas engullía casi a diario y que sistemáticamente anotaba en una pequeña y manoseada libreta.

Yo odiaba aquellos discursos pero posiblemente estuviera haciendo lo correcto para ayudarme a superar aquella etapa de mi vida porque todavía hoy, a pesar del tiempo transcurrido, me molesta cualquier pregunta que me hagan hasta el punto de que suelo responder que fui víctima de un catarro, pero como con ello creo más confusión, termino por explicar que al principio fue lo que me diagnosticaron aunque estuviera incubando una septicemia con origen en alguna bacteria. Sea como fuere, cuando la medicina detectó el auténtico problema ya no pudo hacer nada para salvar los tejidos cartilaginosos de la articulación y procedieron a la amputación a la altura de la rodilla. De esa manera, aquel chico fuerte que fui y que deseaba brillar en el deporte, se convirtió en un ser lábil, temeroso, con tendencia a la depresión y un tanto acomplejado que era la parte que más preocupaba a mi padre y lo que le empujaba a someterme a esas sesiones que resultaban tediosas pero que también me impidieron caer en el ostracismo o la desesperación. En mi fuero interno, aunque no recuerdo habérselo dicho nunca, siempre le estuve agradecido por ello.

Mi padre era republicano, pero no antimonárquico porque no era anti nada aunque cuando hablaba de España y sobre todo de la república su semblante se turbaba como si no entendiera por qué y cómo habíamos llegado a donde estábamos. Solía comentar que en el país que él había crecido, millones de españoles se pasaron media vida esperando una oportunidad que nunca llegó porque el grueso del pastel fue para los que estuvieron al lado de los vencedores o se arrodillaron ante ellos, repartiéndose lo poco que había y aunque pareciera que el asunto se había dado por amortizado, tenía el convencimiento de que durante mucho tiempo permanecería en el imaginario de los desheredados del franquismo, para recordarnos a continuación que nosotros formábamos parte de ese colectivo. Aseguraba que la mejor herencia que un padre puede dejar a sus hijos es educación, ejemplo y estudios y aunque, según “Thoreau, la mayoría de los hombres llevan una vida de queda desesperación“, él siempre había hecho las cosas de la mejor manera posible y fiel a su criterio anarquista, convencido de que si todos hubieran actuado igual, los conflictos y fricciones entre los hombres probablemente no habrían sido los mismos.

La calle donde se encontraba el despacho del abogado, en su día procurador, al que mi padre eligió como albacea era una de las principales arterias de la ciudad y esperándome ante la puerta de hierro que daba acceso al portal estaba mi hermana esperándome. La encontré algo desmejorada, hacía tiempo que no nos veíamos.

Cuando observó que me acercaba, toda su cara se convirtió en una sonrisa, sus brazos se abrieron para arroparme entre ellos, que bien olía, que suerte tenía mi cuñado –pensé–, que pedazo de mujer y después de un abrazo largo y apretado solo acertó a articular unas palabras mientras se limpiaba las lágrimas que recorrían su cara, tenemos que subir nos están esperando y tu cuñado está intentando aparcar como siempre, ya sabes que nunca encuentra el sitio adecuado así que no esperamos por él.

No se por qué, de manera apresurada, le pregunté si era feliz, si mi cuñado le daba buena vida porque aunque estaba muy guapa me pareció que había adelgazado.

Ser feliz es complicado, –me respondió–, tú lo deberías saber mejor que nadie, y si no me diera buena vida, ten por seguro que te habrías enterado el primero porque siempre he sabido que puedo contar contigo lo mismo que debes tener presente que estoy y estaré siempre a tu disposición para lo que sea y cuando sea sin importar la distancia que nos separe. ¿Lo sabes verdad?

No respondí, solo la apreté muy fuerte entre mis brazos como lo hacía cuando era una niña para consolarla de sus pesadillas o preocupaciones.

No viniste al entierro de papá. –dijo con cierto tono de reproche–

¿Entierro? Lo incineraste como él quería ¿no?

Si claro, es lo que quería decir y depositamos las cenizas en su taller dentro de una urna pequeñita de acero y cristal.

Es que ya sabes que aborrezco todo este tipo de rituales –dije– no te puedes imaginar cuanto agradezco que os hayáis ocupado de todo.

Si, ya lo sé, eres igual que él, sales en todo a él, pero no tienes nada que agradecer era mi deber por el amor, por nuestro amor, ahora de aquella familia solo me quedas tú.

Nos pasaron a un despacho no muy grande, amueblado de manera clásica que olía a viejo. El albacea era un tipo delgado y canoso pero con abundante pelo. Vestía traje gris y corbata negra daba la impresión de estar guardando luto. Lo tenía todo preparado sobre la mesa así es que después de los protocolarios saludos, comenzó por mostrarnos el mandato del notario que le otorgaba la responsabilidad de albacea tal como había dispuesto nuestro padre en el testamento que estaba listo para ser leído cuando manifestáramos estar preparados para escuchar y escuchamos en silencio, casi de manera religiosa, sin hacer observación alguna por lo que al terminar exhaló un suspiro de satisfacción al tiempo que afirmaba que ya podían ser todos así.

Solo quedaba firmar y el despacho de la notaría se encontraba a menos de un cuarto de hora andando por lo que se congratulaba de que el asunto quedara resuelto antes de lo esperado, no obstante y antes de abandonar el despacho extrajo del cajón de la mesa dos cartas. Su padre –añadió– me entregó una carta para cada uno de ustedes con el ruego de que se las hiciera llegar personalmente si estaban de acuerdo con todo lo demás y como parece que así es, procedo en consecuencia. Se entiende que no se trata de bienes declarables por lo que ustedes sabrán que hacer con ellas, mi misión termina cuando se las entrego.

Aunque mi cuñado había reservado mesa en un restaurante, ninguno tenía ganas de comer, especialmente yo que no conseguía deshacer el nudo que se me había formado en la garganta y estaba deseando emprender camino de vuelta así que decidimos tomar algo y charlar un poco. A mi hermana, siempre curiosa, le inquietaba el contenido de las cartas y me preguntó si la iba a abrir, Tú y yo no tenemos secretos, las podíamos leer juntos –me dijo temerosa al tiempo que tomaba mi mano entre las suyas–.

La invité a empezar porque la de ella parecía más abultada como si no fuera un simple folio y sin pensárselo aunque un poco nerviosa dio un trago de agua y se apresuró a abrir el sobre.

Querida hija, supongo que para cuando leas esto, hayas digerido ya los tragos amargos, ese es mi deseo. Te pido perdón, espero que todos acertéis a perdonarme. Se que no queríais, especialmente tu, que las cosas transcurrieran como lo han hecho, lo siento mucho pero tenía la decisión tomada desde hace tiempo y sabes que soy o más bien era, tozudo como una mula.

Tu madre no me entendió, creo que tenía razón en la mayoría de los reproches que me hizo. Nunca comprendió, ni me perdonó como, teniendo la oportunidad de hacer dinero, no hubiera sabido o querido hacerlo, pero ¿Qué sentido tiene la vida si no la puedes vivir según tus deseos? Trabajé como un burro para que no os faltara el sustento, para que contáramos con el mínimo necesario pero mi desapego por el dinero hizo que nunca quisiera ser más que los demás. Ella no veía justo que los obreros que trabajaban para mi cobraran lo mismo que yo, pero en mi opinión el trabajo precario equivale a explotación y como el cáncer o Dios, no deberían existir.

Ya ves, una vivienda para cada uno, es lo que pude dejaros, libre de cargas eso sí y tampoco os dejo deudas. Para tu hijo y mi único nieto he reservado una herramienta financiera cuyo documento bancario encontrarás adjunto, es una especie de imposición a plazo fijo a favor del pequeñín que podrá hacer efectiva cuando alcance la mayoría de edad y así podrá estudiar lo que le apetezca sin imposiciones.

Tu madre se fue como consecuencia de un accidente cardiovascular y a mi también me hubiera gustado hacerlo así pero la suerte me deparaba un final incierto y ante esa incertidumbre decidí tomar un atajo porque no me veía como expectante, simplemente entreteniendo la espera de la muerte y con miedo al sufrimiento. Recordarás porque os lo conté más de una vez que haber visto morir a vuestro abuelo, retorciéndose de dolor por una isquemia que lo consumió en vida, me dejó traumatizado.

El abuelo fumaba mucho y consumía el tabaco que él mismo cultivaba aunque todos afirmaran que sabía demasiado fuerte. Lo fumaba en pipa pero también confeccionaba sus propios vegueros. Lo recuerdo con alguno saliendo por la comisura de su boca. Mi padre, sin embargo, nunca fumó por estar convencido de que el tabaco era lo que provocó la isquemia que lo arrastró hasta la muerte entre tremendos dolores y a consecuencia de la cual, lo cortaron en trozos como a un animal en el matadero, primero los pies, un brazo y por fin las piernas.

De cualquier manera –continuaba la carta–, como bien decía Terry Pratchett, la muerte es condenadamente buena haciendo su trabajo. No hay nadie que se libre de su último abrazo por lo que teniendo eso en cuenta, lo mejor que podemos hacer es desear para los nuestros y para nosotros mismos que llegue tras una vida larga y buena, que no lo haga precedida de sufrimiento y que podamos elegir cuándo darle la bienvenida dejando en los demás un buen recuerdo, porque aunque morir no puede ser un triunfo, hacerlo con dignidad sí se puede interpretar como tal y eso es lo que he procurado. Nacemos y morimos solos, únicamente gracias al amor o la amistad, podemos crear por un momento, la vaga ilusión de no estarlo.

Muchas veces he pensado que hubierais preferido otro padre, aunque nunca se sabe, nos toca la familia que el azar nos endiña, intentad vosotros ser mejores que con un modelo contáis, ahora es cosa vuestra pero no desfallecer ni complicaros en exceso, porque por muy mal que os vayan las cosas siempre habrá quien os envidie. Nunca se sabe cuánto o cómo te van a afectar las cosas hasta que estas te afectan, como ahora os está ocurriendo a vosotros, pero tener presente que no hay mayor delito que el de tomarse demasiado en serio a uno mismo.

Recordarme como fui y viví, con mis contradicciones y respetar mi deseo anticlerical. Me consta que la mayoría de la gente cree que el entierro, los funerales y demás ceremonias hace a todos mejores y que son una ayuda para recordar a sus seres queridos pero no es así como yo lo veo. Los cristianos, católicos o protestantes, se aferran a una fe que les ayude en el dolor. Yo me declaro no creyente, pero no he dejado de recordar ni un solo día de mi vida a mis familiares fallecidos, a mi padre, madre, abuela, hermanos y amigos y no he necesitado ni a Dios ni a sus iglesias para hacerlo, todo estuvo en mi cerebro como el resto de las cosas.

Y por último, respetar también mi más sincero deseo, que seáis felices, os llevéis lo mejor posible, celebréis vuestros éxitos y os apoyéis en las dificultades. Adiós hija.

Con lágrimas en los ojos pero muy serena, dobló cuidadosamente los papeles y volvió a introducirlos en el sobre, acariciándolo a continuación y apretándolo contra su pecho con una mano mientras que con la otra extendía mi carta para que yo hiciera lo propio. Sentí que algo me apretaba el cerebro, pensaba que ya había tenido bastante con la lectura que había concluido y no esperaba otro discurso, soy poco dado a la cosa epistolar.

Bueno hijo, ya está –comenzaba diciendo–, a partir de ahora se acabaron los sermones. Solo quería añadir por si no lo tienes claro, lo mucho que te he querido, más que a nadie, te he querido con toda la capacidad que un hombre pueda querer a un hijo y todo lo que hice o dije, aunque a menudo no te gustara, fue en el convencimiento de que te podría ser útil.

Pero estas letras son para pedirte un último favor que no puedo pedir a nadie más. Al dorso tienes una autorización para recoger en un hotel de mascotas a mi último compañero, es una perrita que se llama Rufus, ya se que no es un nombre muy apropiado para una chica pero fue lo único que se me ocurrió cuando la recogí del contenedor donde la arrojaron y desde donde me reclamaba amparo con quejidos desgarradores. Ella llenó mi soledad a cambio del poco amor que tuve la oportunidad de darle.

Pensé que la regalaría cuando fuera adulta, que alguien con más dotes en el cuidado de mascotas se hiciera cargo de ella, pero una cosa lleva a la otra, primero fue comprobar que estaba sana, luego la desparasitación, las vacunas y cuando me quise dar cuenta ya estaba enamorado de esos ojos color café con leche de los que sin duda, tu también te enamorarás.

Solo te pido que la cuides hasta que muera como si de un hermano se tratara, de hecho mientras estuvo a mi lado no le faltó de nada. No se lo he pedido a tu hermana porque el niño tiene problemas de alergias y porque a ti siempre te gustaron los perros, todavía recuerdo como te empeñabas en traer a casa todos los que te encontrabas y las broncas con tu madre a consecuencia de ello.

El veterinario dice que es un animal fuerte y sano, de una raza un tanto rara en cuanto a abundancia que se utilizó para la caza por ser un todo terreno. Cree que pudo abandonarlo algún turista francés porque es en aquel país donde mayor número de ellos se pueden encontrar y como animal de estatura media no cree que su vida vaya más allá de los doce o trece años de los cuales ya cumplió uno y medio.

En el hotel para mascotas, están al tanto de todo, saben que acudirás a recogerla con un apoderamiento firmado. Te harán entrega de la documentación. Está emasculada y cumple todas las normas incluso tiene insertado un chip que ahora actualizarán con tu nombre y el resto de datos que les indiques. Sobre todo al principio, debes tratarla con suavidad porque es muy tímida y celosa y a buen seguro los primeros días serán duros porque me echará en falta.

Espero que seáis felices los dos, con ella también va algo de mi y del amor que os profeso a todos. Es una responsabilidad, lo sé pero verás con qué alegría te recibe cuando vuelvas a casa después del trabajo. Ten en cuenta que el hecho de que alguien te espere es quizá el único sentido que tiene la vida y el mayor éxito que puedas llegar a alcanzar. Al menos así lo sentí cada día de mi vida, pues mi mayor aliciente fue volver cada noche a sabiendas de que me esperabais y poder arroparos o despertaros cada mañana. El resto no significaba gran cosa. Adiós hijo y gracias por todo y no olvides seguir cuidando de tu hermana como siempre lo hiciste.

Doblé cuidadosamente la carta no sin antes mirar al dorso para ver el apoderamiento que incluía impresa una imagen de Rufus.

Al día siguiente me despedí de ellos, de mi hermana, mi cuñado y el pequeñín con la promesa de volver a reunirnos pronto para revivir algún tipo de duelo agnóstico y con música como le hubiera gustado a mi padre y me apresuré a cumplir con su última voluntad recogiendo al nuevo miembro de mi familia.

Camino a casa, me he detenido en un área de servicio de la autopista para que Rufus, haga sus necesidades y fumar mi último cigarrillo porque eso también se lo debo a mi padre y ella será testigo de que cumplo mi promesa dejando de fumar hoy mismo. Además quiero volver a leer la carta en voz alta antes de proseguir viaje para que ella me escuche, quien sabe si entenderá las razones por las cuales tiene otro amo.

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