PESADILLA

Extinción

El pasado 16 de marzo, coincidente con mi tercer día de confinamiento forzoso y con intención de expresar el estado de ánimo en el que me voy encontrando durante el tiempo que dure la cuarentena, comencé a plasmar crónicas en este cuaderno de bitácora desde el que alzo mi voz hacia un mundo que dudo me escuche, preguntándome si estaría sufriendo algún tipo de pesadilla por lo que hube de sintonizar la radio a temprana hora para aclararme.

Hoy, cuarenta y tantos días más tarde creo que si estoy, estamos todos, viviendo una pesadilla. Personalmente siento como si me encontrara dentro de un túnel con las paredes cubiertas por monitores en los que se suceden imágenes, noticias y comunicados que parecen no estar destinados a mi sino a confundir a toda la humanidad y contra los que siento la necesidad de defenderme por lo que percibo como una agresión. Para colmo, al final del túnel debería, según los cánones del absurdo, presentir una luz pero en su lugar lo que parezco atisbar es un signo de interrogación.

Una comisión creada por un gobierno al que el Parlamento dotó de los más amplios poderes, irá indicando los distintos momentos escalonados para el desconfinamiento de acuerdo con directrices marcadas por la OMS y comienzan por ese paseo de una hora de duración protagonizado por los chicos de menor edad. Y me pregunto, como lo hacía días pasados Juan José Millás en su columna de La Nueva España ¿Cómo será el regreso a mí cuando superemos, caso de ser así, este calvario de dudas?

En una de las pantallas que parece pretender interrumpir mi precipitada marcha hacia la salida, el vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, pidiendo perdón a los infantes con un halo de benevolencia que rescata de mi memoria el tono utilizado por los curas en mi juventud, adelanta las normas para el paseo de los niños: Menores de 14 en un número no superior a 3, acompañados de una persona mayor de edad, solo una hora a lo largo del día evitando las horas punta, sin alejarse más de un kilómetro del domicilio, pudiendo llevar juguetes pero no entrar en el parque, si se encuentra con un amiguito lo ha de saludar de lejos como si estuviera enfadado, porque no ha de permitir que se aproxime por debajo de los dos metros y sobre todo al regresar a casa mantener medidas extremas de higiene.

Y me vuelvo a preguntar ¿cómo van a obligar al cumplimiento de tales normas? Un policía por familia acaso, con un listado del censo y un metro además del talonario de multas y ¿cómo aplicará multas con tal cúmulo de ambigüedades?

No salgo de mi asombro, como no lo hacía tampoco cuando días pasados un hostelero intuía que para abrir (yo no vi nada definitivo publicado al respecto de esas supuestas normas) necesitaba dotar a la barra de unas mamparas aislantes y traslúcidas como si del cajero de un banco o la ventanilla de hacienda se tratara.

Está claro que de seguir la pandemia, para sobrevivir el humano tendrá que cambiar drásticamente sus costumbres, pero sustituir un bar que es el lugar que hemos elegido como más indicado para socializar, charlar, debatir y ligar; por un espacio rígido y aislado sin aproximación entre humanos en el que tendremos que pedir una caña a gritos para que el barman nos escuche a través de un metacrilato, como si de una oficina de hacienda se tratara es el colmo de la estupidez.

Parece que la comunidad científica está prácticamente de acuerdo en dos preocupantes cuestiones.- Por un lado se sucederán distintos periodos de aparición de cepas mutantes y brotes que producirán nuevos episodios epidémicos, pero además ignoran qué tipo de secuelas puedan perpetuarse en las personas que a pesar de estar gravemente afectadas superaron la enfermedad, como fibrosis o embolias pulmonares, problemas de coagulación, etc… Porque parece que este coronavirus no produce una neumonía más: sino un ataque silencioso y sistémico que puede dejar secuelas de difícil catalogación y alcance.

El caso que para superar esta etapa y alcanzar un desconfinamiento escalonado la UE ha dictado una normativa que a juzgar por lo que escucho no van a respetar ni los países, ni dentro de nuestro país las distintas Comunidades y lo que es peor una las normas exigidas, la de los test masivos a la población tampoco parece que se vayan a hacer por el momento.

En lo económico, la Unión Europea parece que alcanza un consenso billonario para ayudar a salir de la crisis nacida de la pandemia pero solo son buenas palabras porque escrito y sobre todo firmado no hay nada, mientras que las diferencias norte sur siguen siendo latentes.

En el aspecto social, David Quammen, naturalista darwiniano y prestigioso divulgador científico autor de «Contagio» afirmaba en reciente entrevista que somos más abundantes que cualquier otro animal y que en algún momento tendría que darse una corrección como ocurre de manera habitual entre los insectos. Y el sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin dice que nos encontramos ante la amenaza de una extinción y la gente ni siquiera lo sabe.

Para salir del figurado túnel y del estado de confusión en el que me encuentro, cargo en el móvil el podcast que da cuenta de la presencia de unos grandes de la radio que estuvieron esta semana con Alsina en Onda Cero, se trata de Javier Sardá y su personaje el señor Casamajor, Juan Carlos Ortega y su personaje Marco Antonio y Guillermo Fesser acompañado de su personaje Cándida a través de cuyas voces e ingenio voy a intentar desintoxicarme para poder continuar en este aparentemente interminable confinamiento.

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