Un día feliz

Si, hoy jueves 17 a las puertas de la Navidad de 2020, me siento feliz porque cuando casi había perdido la esperanza, se aprobó por fin La Ley de Eutanasia.

He dedicado media vida a la lucha por el derecho a una vida digna de las personas con diversidad funcional o lo que es lo mismo la vida independiente de estas personas y la figura del asistente personal como la mejor manera de aplicarla.

Y la otra media al derecho a morir dignamente y siempre que escribí sobre ello, lo hice con dolor por tener que despedirme de algún amigo y porque la legislación de mi país, le obligó a acudir a su encuentro con la muerte de manera clandestina. Hoy sé que esto ya no volverá a pasar.

Yo también me he preguntado muchas veces, al igual que lo hiciera Ramona Maneiro, como era posible que desde la muerte en suicidio asistido de Ramón Sampedro en 1998, no se hubiera avanzado apenas nada a pesar de la repercusión que tuvo el evento, recogido en la película «Mar adentro» de Amenábar, y sobre todo por el impedimento de una derecha, religiosa, oscura, reaccionaria y decadente que lo impedía. Porque esta vez, también le debo a la izquierda el valor de impulsar la ley, aunque deba ser justo reconociendo a todos los que desde otras formaciones le permitieron obtener la amplia mayoría parlamentaria que se necesitaba.

La última vez que escribí sobre la eutanasia, lo hice para referirme al suicidio de mi amigo Antonio Aramayona, en un artículo publicado en La Nueva España en el que a su vez hacía alusión a la última entrada en el blog del profesor, donde se despedía con una carta y un audio de todos sus seguidores y amigos. El profesor Aramayona, era un hombre culto y luchador, un filósofo que a la antigua usanza impartía enseñanza con el ejemplo, militancia a favor de una educación digna y universal, un país verde, una sociedad sostenible y no tenía una enfermedad terminal aunque como yo estaba en una silla de ruedas y sufría las mismas penalidades del paso del tiempo, arrastrando dolencias que acrecientan nuestra discapacidad cada día. Un tiempo antes de que decidiera poner fin a su vida hablé con él, ¿Cómo lo vas a hacer, le pregunté? Porque yo aún no estoy muy mal, pero si llegara el momento no sé donde acudir y me respondió que no me preocupara y llamara a la asociación “Derecho a morir dignamente”, que ya les daría cuenta de mí y que ellos me proporcionarían lo necesario, al menos, ambos teníamos la suerte de poder ingerir la poción sin implicar penalmente a nadie. Entre nosotros no hacían falta muchas palabras para entendernos y nos despedimos con alegría. Por eso, cuando supe de su muerte no me sorprendió aunque ignorara la fecha exacta en la que esta tendría lugar.

El caso es que yo nunca he querido acceder a ese tipo de subterfugios. Llegado el momento quería disponer de una ley de mi propio país, que me permitiera acudir al encuentro con la muerte con los papeles arreglados, libre y a poder ser, en solitario, por eso nunca me puse en contacto con la asociación DMD y hoy puedo sentirme al fin liberado por no tener que hacerlo.