CREER, RESPETAR. AMAR A LAS MUJERES

La manada

Decía Pepa Bueno esta mañana en “Hoy por Hoy” que esta sociedad sigue teniendo un gravísimo problema y una enorme asignatura pendiente: “Creer a las mujeres” y lo hacía al respecto de lo visto en el juicio que se está llevando a cabo contra esos canallas que se autodenominaban “la manada”, en el cual un juez no toma en consideración los mensajes intercambiados entre los componentes de esta banda de  depredadores del sexo y la infamia y si admitía, sin embargo el informe de un detective privado que estuvo siguiendo a la chica agredida los días posteriores a la violación, como si el hecho de que ella intentara alcanzar la normalidad pudiera ser utilizado en su contra en el juicio o suponer un atenuante en la pena que se imponga a los denunciados.

Yo creo, sin embargo que esto va más allá, creo que esta sociedad no respeta a las mujeres, más bien las sigue “cosificando”. El hombre es la esencia hecha a semejanza de “Dios”, ellas no pasan de ser el engendro de una de sus costillas en clara respuesta al perjuicio que nos ha causado la tradición judeocristiana.

Siempre me ha costado soportar esta situación porque no solo no alcanzo a comprender que no se respete a la mujer sino que tampoco entiendo que no se la ame como ser protector que nos dio la vida, siguiendo esa misma cultura judeocristiana y el ser que nos protege en nuestros primeros años. La mía estuvo marcada por las dificultades físicas derivadas de la polio pero a pesar de ello y gracias a las mujeres que me rodearon fue una etapa muy feliz. Nací en Cantabria en una localidad del municipio torrelaveguense  y las mujeres marcaron ese primer tiempo.

Mi abuela, de origen vasco, su padre de apellido Onandía y nacido en la provincia de Vizcaya vino a Cantabria para repoblar de pinos la costa de Suances y conseguir con ello detener el avance de las dunas que amenazaban la población y a buen seguro lo hizo bien porque aún sigue ahí presente su obra. Ella, la pequeña de la familia quedo sirviendo en casas como era costumbre en aquel tiempo pues la mujer carecía de otra salida. Esa o casarse como lo hizo con un lugareño de origen asturiano y apellido Peón que fue mi abuelo. Mi abuela era una mujer de profundas raíces cristianas, devota en la intimidad pero que nunca antepuso la obligación a la devoción y de misa a las siete de la mañana y rosario en casa a solas.

Me ilustró sobre la guerra que ella sufrió en primera persona porque su familia fue perseguida pero lo hizo desde la equidad, unos y otros –decía-, ninguno pensó en el pueblo y su sufrimiento. Y también me inculcó la cultura del esfuerzo cuando en las frías tardes de invierno desgranábamos juntos legumbres para comer y para vender, nada es gratis decía, habrás de ganarte el pan con el sudor de tu frente, siempre apoyándose en sentencias cristianas.

Luego vino mi madre, una mujer de carácter, muy dura y trabajadora que sacó adelante con muy poco dinero a una familia numerosa y que no me pasó ni una “como te caigas –decía- lo que era muy probable dadas mis dificultades físicas y las travesuras en las que siempre estaba inmerso, te doy encima” y lo hacía. Antes de curarme me partía el culo. A veces pienso que si todas las mujeres fueran como mi madre, con aquella entereza y aquella fuerza, la violencia contra la mujer sería otra cosa.

También estaba mi tía, que me cuidaba y ayudaba a aprender a leer, principalmente el catecismo porque era cristiana y me lo metía a destornillador aunque no consiguió impedir que terminara siendo ateo si bien, por ella, por su bondad y por su afecto durante el tiempo que me tocó, fui también cristiano.

Y luego una cohorte de vecinas, yo fui durante mucho tiempo su juguete, me llevaban de casa en casa, una me enseñaba a comer arroz con almejas, otra a cantar canciones, otra a jugar al parchis, todas a querer y respetar las cosas y a ellas. Empezando por Rosario, la comadrona, la encargada de curarnos a todos, y ponernos las inyecciones, o ayudar a parir. Una mujer como mi madre de armas tomar, todo un referente social, reivindicativa en el trabajo y en la vida. Las quise a todas mucho, son mi imaginario, mi referente y no las olvidé nunca ni a ellas ni sus nombres o sus motes, Nieves, Pilar, María, Maximina, Sagrario, “la pimienta”, “la bizca”, “la dolo” que no venía de Dolores sino de que siempre se estaba quejando y que también me comía a besos. Yo respeto y amo a las mujeres porque representan lo que soy o mejor dicho, soy lo que hicieron de mí. Por ello quien no respeta a una mujer es también mi enemigo y por eso pongo las fotos de estos canallas, para tenerlos presente porque tengo pocos enemigos pero estos lo son.

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